miércoles, junio 08, 2016

Diario de Filmadrid (3). Boris Lehman

El pasado lunes terminamos la jornada de Filmadrid con una maravillosa sesión de cortos de Boris Lehman, en la azotea de la residencia de estudiantes Claraval, junto a la Glorieta de San Bernardo. La última de las tres piezas mostradas, con la presencia abierta, entregada y generosa del propio Lehman, era muy elocuente desde su propio título: Choses qui me rattachent aux êtres. Cosas que me unen a mis seres queridos. La película es un inventario, pero es mucho más. Lehman va mostrando a cámara los objetos de su apartamento y vinculando cada uno de ellos con una persona, con cada uno de los seres queridos que han poblado su vida. No importa si se trataba de un préstamo, un regalo o usufructo. El valor está en su origen, en la energía que el objeto conserva desde su pasada transacción. El valor en la acción, no en la materia. Tampoco importa si la persona referida está viva o muerta, si la relación se mantiene o está extinguida, si los avatares de esas comuniones a dos fueron tempestuosas o tranquilas. Cada uno somos producto de nuestra historia, y es nuestro contacto con los otros lo que ha provocado que seamos de una determinada manera. Uno está hecho de una materia que va siendo moldeada por aquellos que nos rodean y han rodeado. La película es un inventario al modo Perec (no es casual el agradecimiento en los créditos finales a movimientos como Oulipo o Dada) lleno de alegría y vitalidad, donde todas las relaciones forman un magma impreciso de recuerdos, sin categorizar ni jerarquizar. Inventario desordenado, inventario de caos. No se especifica qué lazos fueron más fuertes, más importantes o duraderos, ni cuáles persisten. Todo nos ha influido, e incluso la gama de seres queridos se abre en determinados momentos, con conmovedora y cercana ironía, a autores de libros o películas que, a buen seguro, fueron decisivos en la construcción de la identidad de Boris Lehman.


El propio Boris, en la sesión, apenas entró a comentar la película, pero dijo algo mucho más importante: que se trataba de un juego y que todos podíamos hacerlo al llegar a casa. Así que esa misma noche, mientras entraba por la puerta y las palabras de Boris seguían resonando en mí, ya estaba pensando en los objetos que pueblan mis estanterías, cajones, armarios, e intentando relacionarlos con otras personas. Algunos objetos son fáciles, porque arrastran las propias huellas de las personas que los entregaron, pero en unos cuántos me sorprendió la duda. Sabía que no eran objetos adquiridos por mí, que me habían llegado a través de alguien y, sin embargo, era incapaz de recordar su origen. En algunos casos dudaba entre varias personas, pero en otros parecía que la memoria relacional se me hubiera borrado completamente. Casi dos días después de esta proyección, sigo pensándolo y algunos objetos han conseguido revelar su origen, pero otros siguen opacos, a la espera de un instante de lucidez o de una investigación más exhaustiva que me ayude a revelar información sobre mí mismo. Me siento entonces como ese detective de la novela de Patrick Modiano "Calle de las tiendas oscuras", cuya misión era encontrar el origen de su propia identidad después de haber perdido la memoria.




Seguramente, ese detective habría encontrado una buena idea de rastreo en el largometraje de Boris Lehman que La Casa Encendida proyectó ayer, Historia de mi pelo, en la que el cineasta belga sigue ahondando en las mismas ideas. El pelo, desde su raiz hasta la punta, almacena restos de toda nuestra historia personal, de lo que hemos comido, bebido, amado y sentido. La historia de nuestro pelo es la de nuestra identidad. Boris Lehamn utiliza esta metáfora como hilo conductor de una película que va mudando de piel (como pasa a lo largo de la vida, al fin y al cabo) y evoluciona desde un tono inicial más lúdico, desenfadado, con el propio Lehman visitando a especialistas capilares y con un documental científico más irónico de lo que parece, hacia una atmósfera triste, en la que el individuo se enfrenta a su propia soledad mientras realiza un viaje geográfico que también es un viaje temporal, al origen, sus raíces, las de su pelo, los árboles barbudos y el celuloide arracimado en tiras como cabellos, pero también las de su identidad. Lehman viaja a Ucrania, de donde eran originarios sus padres, y visita un campo de concentración, similar a aquel que también sufrieron sus progenitores. Y así, poco a poco, el viaje se hace triste y melancólico, pero no esconde la alegría de vivir al mismo tiempo que se recuerda lo efímero de nuestros días, haciéndonos surcar trayectos cruzados que se complementan en tono y recorrido. Como todo buen viaje, Boris lo emprende acompañado de un libro, "De la brevedad de la vida", de Séneca, y la película se va salpicando de varias de sus frases y aforismos al mismo tiempo que se cruzan referencias mitológicas a la historia de Sansón y Dalila, armonizando como un equilibrista la ironía de la historia del pelo con la tragedia de la soledad de un viajero que reflexiona acompañado de Séneca y de su memoria. Estas citas, sin embargo, no conforman un collage multirreferencial como puede ocurrir en las obras de Jean Luc Godard, sino que son un acompañamiento subjetivo del viaje de Boris. Compartimos sus afectos en cada momento y nos sentimos tan influidos como él por el desamparo de las palabras de Séneca. Boris Lehman, en esta generosa película, es capaz de compartir con nosotros estas emociones desnudas, y su cámara, que parece descubrir el mundo en cada imagen, ingenua a la par que sabia, nos transmite la búsqueda identitaria que Boris canaliza a través de su viaje. Y el viaje, antes de que el desamparo pueda empaparnos completamente, termina con un irónico pero tierno plano de un beso entre Boris y una de las chicas rusas que había conocido durante el viaje.

Tras tantos años oyendo hablar del cine de Boris Lehman, viéndolo en listas de publicaciones cinéfilas afines pero sin haber podido experimentar su cine, es una suerte que Filmadrid nos haga este regalo. Tanto estas dos películas como los otros dos cortos que pudimos ver el lunes, Muet comme une carpe y La Dernière s(cène), y el devastador pero emocionante largo que inauguró el ciclo en el Doré, Before the Beginning, ya me han demostrado que el cine de Boris Lehman es una impagable invitación a vivir, vivir de forma ligera, jugar entre nosotros y con nosotros mismos, mientras somos conscientes de que al fondo de la escena yacen la historia, la filosofía, la política y todas aquellas disciplinas que no debemos sacralizar (o no por encima de los rituales de lo cotidiano, como tan bien se expresa en Muet comme une carpe y La Dernière s(cène)), porque son esas herramientas cercanas en las que nos apoyamos en nuestro camino. Boris, investigador y viajero, como todos nosotros. Uno de los nuestros.

Afortunadamente, todavía nos quedan dos sesiones más de Boris Lehman. Una esta misma tarde, en pocos minutos, y el cierre mañana a las 17:30, también en La Casa Encendida. Allí estaremos para gozarlo.