domingo, junio 05, 2016

Diario de Filmadrid (2). In Jackson Heights

Los que vivimos en Lavapiés llevamos años oyendo hablar de gentrificación y, en muchos casos, viendo con nuestros propios ojos la inquietante evolución del barrio. Ayer en Filmadrid, una vez más, Frederick Wiseman obró el milagro. Wiseman nos hablaba (porque nos habla aunque no escuchemos el audio de su voz; hay siempre un discurso claro en sus películas, aún más fortalecido por su forma de declamarlo, observacional y no explicativa) de un barrio de Queens, Jackson Heights, pero su cámara es como un espejo que, además de reflejar, nos deja ver a través de él. Veíamos Jackson Heights, tanto lo mostrado como su trastienda, su fuera de campo y lo sublimado en el discurso, pero veíamos también a través del espejo, y nos hacía sentir y pensar nuestro entorno, aquello que tenemos más próximo y que dialoga con nuestro día a día. Yo veía Lavapiés y cada uno hacíamos nuestra la película. El gozo de hacer nuestro un documental de Wiseman, un diálogo tan cercano y tan directo que muy pocos cineastas son capaces de lograr. Wiseman lo consigue hablándonos de un barrio de Queens como en otras ocasiones nos ha hablado de política, de arte, de ballet o de unos grandes almacenes. Su mirada sobre la sociedad occidental se muestra así cada vez es más completa, y cada nueva obra es una pieza valiosísima del patrimonio fílmico de todos.


De esta forma, la maravillosa In Jackson Heights ha canibalizado mi impresión de los días 2 y 3 de Filmadrid. En sus más de tres horas de duración, Wiseman recorre un barrio multicultural, donde la reivindicación de la vida digna y la cultura colectivista todavía prevalecen sobre lo institucional y se convierten en el motor de un espacio urbano permanentemente vivo. Wiseman enfoca su película en los espacios públicos, tanto visibles como invisibles, ya pertenezcan a las calles, los comercios o los locales de distintas asociaciones. Con su habitual precisión de entomólogo, no sólo vemos personas y espacios que juegan a definir sus roles y a aportar sus dosis de humanidad, sino también los flujos latentes entre individuos, colectivos y lugares. Flujos cargados de un contenido que va más allá de las imágenes. Cada escena de la película de Wiseman es un gran iceberg flotante sobre agua muy transparente, de tal forma que podemos ver su inmensidad cambiando la dirección de nuestra mirada, dirigiéndonos del horizonte a la profundidad.

Decía Norman Mailer que a él no le gustaba decir que un personaje era un bruto. Prefería contar que entraba en la taberna, alzaba una silla y la rompía contra la mesa. No hay mejor adjetivo que el que no se enuncia porque emerge directamente de la acción. Las películas de Wiseman huyen de toda retórica y funcionan con una implacable lógica matemática. In Jackson Heights es una película indudablemente militante, pero esa militancia se expresa desde dentro de la obra, a través de su estructura, de la selección de los materiales y del relato que se conforma entre las partes. La intervención del narrador no es explícita, no se evidencia directamente aunque esté indudablemente presente y marque la película de principio a fin. No es un cine objetivo aunque pueda emplear alguna de las técnicas de la objetividad. Una película de Wiseman no es muy diferente a una novela de Perec, con su exhaustividad, su análisis observacional y su gusto matemático por la categorización y las listas, al tiempo que es profundamente personal y subjetiva. Una obra como un gran puzle en el que la asociación y el diálogo no se produce tanto entre imágenes contiguas (entre palabras adyacentes en el caso de Perec) como entre bloques significantes. In Jackson Heights es una película construida como una taxonomía de su realidad perfectamente estructurada. Wiseman categoriza las partes: el trabajo de los activistas LGTB, la lucha de los pequeños comerciantes y de los vecinos contra la gentrificación del barrio, la música en la calle y los locales, la vida nocturna, las discotecas, los bailes, los vendedores de pollos, las depiladoras de cejas, los educadores, las comunidades musulmana, latina, india, pakistaní, judía, el fútbol como latido de las pasiones (la obra transcurre durante el mundial de Brasil de 2014) y establece pequeños engarces, vasos comunicantes entre cada una de estas categorías, de tal manera que hace visibles ciertos lazos que la vorágine del día a día suele mantener ocultos. El fútbol en la comunidad colombiana, los colombianos expresando problemas en la asamblea, la asamblea luchando contra la gentrificación, la gentrificación afectando a los pequeños empresarios, los empresarios manteniendo con vida sus tiendas o discotecas, discotecas con vecinos bailando y bebiendo en ambiente festivo, la fiesta metida en las protestas LGTB... La política y la cultura, si es que se pueden distinguir, recorren todas las piezas de este mosaico de vida. Y ahí está el relato, la mirada de Wiseman, conmovedora, honesta y veraz, consciente de su propia subjetividad pero no avasalladora, nada doctrinaria. Un mundo en el que entramos, nos movemos y que se hace nuestro mediante reflejos y destellos que trasladamos a nuestro mundo íntimo.

El otro día, al salir de una de las proyecciones, comentaba con un compañero que echábamos de menos, en muchas películas, una mirada propia del autor. En muchas películas hay alardes técnicos y estéticos, riesgos formales y audaces construcciones pero muchas veces se echa en falta la mirada. Nada más fácil ni más difícil. Wiseman no quiere hacer alardes, no pretende epatar. Ahí está la vida, ahí está el cine. Es una narración en su más pura esencia. Es un relato construido con el material que nos rodea.

Salimos del Doré y damos un paseo por el barrio. Comento con mi acompañante las evidentes resonancias entre la película y lo que teníamos a nuestro alrededor. Si en la película se presenta Jackson Heights como la comunidad más diversa del mundo, como un caso de éxito de convivencia de diferentes culturas, donde se hablan 167 idiomas distintos y donde la gentrificación empieza a amenazar la naturaleza del barrio, vemos que Lavapiés, donde hemos visto la película, no está nada lejos de esto. La zona del Doré, Antón Martín, presenta, además, los signos más visibles de esa gentrificación. Después nos adentramos en el barrio y seguimos viendo algunas huellas de ese fantasma del capitalismo, pero al cabo de un rato paseando encontramos en los edificios, en la forja de cierros y balcones, en la soledad y oscuridad de las callejuelas, en las plazas donde comunidades de senegaleses departen festivamente al margen de todo, signos de autenticidad llenos de fuerza. Nos quedamos nos eso. Nos gusta nuestro barrio. Wiseman, ¿para cuándo una película en Lavapiés?