jueves, abril 05, 2012

Aire de Dylan. Acción y reacción

Si hasta ahora estábamos acostumbrados a un Vila-Matas que iba construyendo a través de sus ficciones una revisión desprejuiciada de la historia de la literatura, al llegar a Aire de Dylan nos encontramos con que, en esta ocasión, la mirada se detiene en sí mismo, en la propia naturaleza de Vila-Matas, quien parece que, de repente, piensa que es necesario revisarse a sí mismo antes de continuar con la titánica labor que se ha venido adjudicando desde hace bastantes años. Vila-Matas se explica a sí mismo, se detiene a reflexionar sobre  su obra, con sus enriquecedoras contradicciones y las múltiples máscaras que siempre sirvieron para definir a un autor único (único tanto en su inimitabilidad como en la coherencia intrínseca de su discurso). Para no romper con su coherencia, además, se vale para retratarse de las mismas armas que utilizó para reivindicar o subrayar la actualidad y vigencia de ciertos autores. La literatura del siglo XX, igual que la literatura del futuro, parece poder articularse a través de las herramientas que Pessoa y Kafka legaron al mundo y, de esta manera, la mirada desmitificadora de Vila-Matas funciona siempre a través de la ironía, es decir, crea mitos literarios al mismo tiempo que ironiza sobre la importancia del mero concepto de mito. Si en París no se acaba nunca Vila-Matas revisaba irónicamente sus años de aprendizaje y formación literaria, en Aire de Dylan parece hacer lo mismo con el resto de su carrera literaria, que siempre ha tenido un pie en el esfuerzo y el rigor y otro en la ligereza, el ingenio y el gesto festivo. Efectivamente, Vila-Matas está hecho de muchos, como cualquier individuo de los que poblamos este abigarrado siglo XXI, y todos ellos se pueden explicar a través de los personajes de su última novela, ya sea el joven, ingenioso y despreocupado (pero en el fondo también concienzudo y tenaz: ¿quién si no se embarcaría en la titánica tarea de crear un gran fichero general del fracaso?) Vilnius, o el riguroso (pero también ligero y cibernético: ¿quién si no crearía la base de su obra fundamentándose en la hipertextual idea de la interrupción?) y sacrificado Lancastre, representante de la cultura del esfuerzo, o el pertinaz, divertido y desmitificador narrador de la novela, cargado de irónicos traumas pero bisagra necesaria de la dualidad Vilnius-Lancastre. En realidad, cada uno de estos tres personajes vive, a su vez, inmerso en el mar de contradicciones procedente de la idea de que ellos también están hechos de muchos, y por eso no son personajes planos, de una pieza, sino mosaicos de ideas, caótica suma de sensaciones, huyendo del clásico retrato psicologista, que por algo estamos en un mundo postmoderno, o un poco más allá.
 

Plantea la novela diversos dilemas y disquisiciones cuya resolución queda pendiente del lector, ya que no hay nada menos postmoderno que un dogma unívoco lanzado desde un libro. Por lo tanto, la única idea que la mirada de Vila-Matas deja totalmente clara es, precisamente, que no puede haber ideas preconcebidas, que si algo es prescindible en el mundo del arte, eso son las hojas de ruta, tanto las que se dibujan los propios autores como las que sus seguidores pretenden trazar irreversiblemente. Se puede ser auténtico siendo muchos o, más bien, hay muchas formas de ser auténtico, aunque quizás la única manera de alcanzar esa autenticidad hoy día sea a través de reconocer todo lo que hay de otros en nuestro interior. Porque si algo trajo la postmodernidad fue la consciencia de nuestra propia historia, la asimilación de la interferencia y la mezcla, esa sensación experimentada en el libro cuando el espíritu de Lancastre interfiere después de muerto en la cabeza de su hijo Vilnius, deambulando como los viejos odradeks por la ciudad de Praga. Porque si contra algo clama la novela es contra las ideas preconcebidas, el encasillamiento y la obligación de ser lo que uno ha sido en el pasado. Por esa razón, Vila-Matas toma como referencia a Bob Dylan y su máxima de ir a casa, y no volver a ella como intentaría Nicholas Ray. No se busca el repliegue sino el avance, no es hora de refugios sino de conquistas. La literatura debe ser un arma cuyas balas se dibujan con la imaginación. A la hora de crear, obligación es castración, y esa idea hace de Aire de Dylan una novela puramente vilamatiana, auténtica a la vez que distinta y, para muestra, el hecho de que la trama comience y termine con sendos congresos literarios, uno sobre el fracaso y otro sobre la impostura, temas centrales de toda la obra del autor catalán.

La novela se mueve siempre entre dos polos, dentro de sus diferentes ramas, y por eso tiene tanto peso lo grave como lo ligero, lo serio como lo lúdico, lo clásico como lo moderno, Shakespeare y los surrealistas, las vanguardias europeas y el cine clásico de Hollywood, Guy Debord y Goncharov. Si el propio Vila-Matas comentaba, en referencia a su novela París no se acaba nunca, la influencia del estilo de Godard a la hora se saltear de citas toda la narración, aquí el espíritu cinéfilo más presente remite a Jacques Rivette, por esa mezcla entre lo lúdico y lo erudito que muy pocos saben crear, y por el gusto constante por el juego, la conspiración, el teatro, la simulación y las máscaras. Quizás inconscientemente, Vila-Matas ha escrito una novela auténticamente rivettiana, que además, como el cine del autor francés (como los artículos que ya escribía como crítico el propio Rivette), debe mucho al principio de acción y reacción, ya que la novela reacciona contra la crisis, que va más allá de lo económico para calar en lo cultural, que reacciona contra las herencias paternas, contra los espíritus indómitos, contra el arte acomodado (en esa caricaturesca escena en que se utiliza al personaje de Max para satirizar ciertas corrientes de rancia crítica cultural, y que recuerda a más de un personaje de este país que se mueve en esos mismos términos), contra la ficción y contra la realidad, contra la mirada otoñal de Dublinesca, contra los encasillamientos, por ese espíritu que evoca los tiempos juguetones de Historia abreviada de la literatura portátil, con ese sabor más juvenil, fresco y deshinibido, al son de nuestros tiempos pero cargado de una compasión por los personajes, de una comprensión del patetismo que ha ido ganando el autor a lo largo de los años y que ya es algo de lo que no puede prescindir.

Si Dublinesca se podía leer como una novela sobre el apocalipsis (con aquella metafórica muerte de la era Gutenberg), en Aire de Dylan podríamos entender que este ya ha sucedido, con lo cual estamos ante un libro postapocalíptico, que tiene lugar sobre las ruinas de un esplendoroso pasado cultural. Todo lo que queda es la arqueología, como la que mueve a Vilnius para indagar en el pasado a través de la frase motor "Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien", que articula la estructura de la novela en lo que es uno de sus grandes hallazgos. Vila-Matas es, como él mismo afirmó hace unos días del recientemente fallecido Antonio Tabucchi, un investigador de la realidad, lo que supone sin lugar a dudas una de sus grandes virtudes, como vuelve a demostrar en Aire de Dylan.


4 comentarios:

Francis Black dijo...

No la he leído pero tu lectura me ha gustado, se te echa de menos.

Daniel Quinn dijo...

Muchas gracias Francis :). Parece que necesito nuevas novelas de Vila-Matas para volver a revitalizarme. A ver si me mantengo más estable a partir de ahora!

Enrique dijo...

Un abrazo, tiempo que no nos vemos.


Vila-Matas

Daniel Quinn dijo...

Hola Enrique

Gracias por la visita. Espero verte pronto, concretamente el jueves 26 en la Biblioteca Nacional, si el aforo limitado no lo impide.

Un abrazo