domingo, mayo 22, 2011

El fin de la incredulidad


Quedan pocas horas para que abran los colegios electorales y nunca había afrontado una jornada electoral con una sensación similar. La emoción, consecuencia de una auténtica suspensión de la incredulidad, se ha colado directamente en nuestra realidad, en nuestras calles. Acabo de volver de la Puerta del Sol y conmueve comprobar que hay un mundo que parecía muerto y está en plena efervescencia.

Tengo que reconocer que yo era bastante escéptico los primeros días. Pensaba que si la concentración/acampada se expandía e intensificaba la situación se iba a descontrolar (como era lógico), con lo que los valores originales se perderían y se acabaría devaluando todo y echando por tierra las pocas esperanzas que había para el resurgimiento de las conciencias. Efectivamente, día tras día, a lo largo de la semana, he podido comprobar cómo el campamento crecía, cómo cada día había más gente pero cómo, sorprendentemente, las decenas de miles de personas que se iban congregando en el centro de Madrid mantenían el espíritu y la conciencia que nunca se hubiera debido perder. Conforme el fenómeno iba creciendo y expandiéndose, los chicos que iniciaron el movimiento improvisaban soluciones y agilizaban la organización. En un par de días, las cuatro tiendas de campaña iniciales se convirtieron en un gran campamento con sus departamentos de comunicación, legal, alimentación, enfermería, limpieza..., como una pequeña gran ciudad en la que no ha hecho falta planificación previa, solo ganas y esfuerzo de los organizadores y colaboración y buena voluntad del resto de los visitantes. A lo largo de los días han ido improvisando las soluciones y todas han salido bien. Aunque, quizás, el mayor mérito ha sido confiar en que todo el mundo iba a colaborar, ya que si no hubiera sido así, que era lo más fácil, hubiera devenido el caos absoluto. El campamento ha ido creciendo a la vez que la emoción de todos los demás.

La noche que dió comienzo a la jornada de reflexión, entre el viernes y el sábado, resultó especialmente emocionante. Ya estaba todo desbordado de gente, e increíblemente se podía comprobar que el (auto)control era completo. Un control sin control, ingenuo, como decía, ya que se basaba confiar en la conciencia individual de cada persona, pero que está funcionando como un engranaje perfecto que haría palidecer cualquier teoría de planificación y organización de empresas, grupos sociales o proyectos industriales. El momento culminante, que ya han reflejado las televisiones (sin ser capaces de transmitir un mínimo de la emoción que tuvo ese instante en la realidad), fue el de las campanadas a las 12 de la noche, con ese grito silencioso acompañado de las manos en alto, en mitad de una muchedumbre que no recuerdo haber visto nunca tan numerosa ni tan unida por unos lazos fraternales tan potentes. Después de ese momento de máxima concentración, la gente se fue dispersando y la Puerta del Sol volvió a quedar abierta a los grupitos que se sentaban en las calles para hablar de política, sociedad, cultura o cualquier tema que nos preocupa a cada uno y nos incumbe a todos. El ambiente era tan bueno que apenas se comentaban las afrentas provenientes de ciertos medios de comunicación, de organizaciones de dudosa moralidad o de personas que no son capaces de incorporarse a una vida comunitaria sana, pero saltaba a la vista que todos los mezquinos argumentos que habían dado quedaban totalmente por los suelos. Se había hablado de botellón mientras todo el mundo a nuestro alrededor, siguiendo las recomendaciones de los organizadores, bebía zumos, refrescos o un vaso de agua recogido en el campamento (salvo algún turista despistado que debía pensar que se trataba de un viernes normal en Sol); se había hablado de manifestantes violentos cuando la única norma, no escrita pero asumida, es la de la no violencia, con la que se responde a cualquier provocación o potencial conflicto; se había hablando de vagancia, dejadez y niños protestones que no quieren trabajar, y a nuestro alrededor se veía a organizadores y voluntarios barriendo las calles con una escoba, o ayudando a los basureros a acercar los contenedores a los camiones de la basura, o pasando con grandes bolsas de plástico entre la gente para tirar cualquier residuo. La situación era tan bucólica que a veces incluso se tornaba surrealista: en nuestro grupo, llegaron a pasar tres veces en diez minutos a recoger basura, como si la calle se hubiera convertido en uno de esos restaurantes de lujo en los que no dejan la copa de vino vacía durante más que unos segundos. La organización espontánea era perfecta y la voluntad de todos irreprochable. No se podía dar ningún argumento a los destructores que intentaban acabar con la conciencia del movimiento, y así pasó, y así sigue ocurriendo a estas horas del domingo. Porque esta noche sigue todo igual que ayer, ningún problema, todo armonía, confraternización y una impagable sensación de irrealidad cargada de ilusión, como una pistola cargada de propuestas.

La Puerta del Sol y alrededores parece un mundo paralelo. Diariamente, en las apreturas del metro o de cualquier bar de copas nocturno, una persona que te pisa o te da un codazo se vuelve con gesto hosco pidiendo explicaciones de por qué estabas en medio, ocupando un lugar que debiera ser de su propiedad. En la Puerta del Sol hay muchos menos codazos o pisotones de los que, por la densidad de personas, se debieran producir, pero, aun así, cuando eres tú el que sin querer empuja a alguien cercano, esta persona se gira inmediatamente con gesto atribulado pidiendo perdón por algo de lo que no tiene culpa, e inmediatamente un par de sonrisas eliminan cualquier posibilidad de conflicto. Además, cuando en algún momento algún infiltrado ha intentado introducir algún elemento de distorsión, todo el mundo se ha vuelto a recriminarle para acabar de raíz con cualquier posibilidad de problema.

Hoy, la toma de la calle se ha expandido más allá de Sol abarcando las calles y las plazas adyacentes. Las asambleas se han multiplicado y paseando por el centro te encontrabas auténticas reuniones de participación ciudadana en la plaza de Jacinto Benavente, de Ópera, de Tirso de Molina, de "Cortylandia", en la calle Preciados, Mayor... Un mundo paralelo, que no hubiéramos podido imaginar hace tan solo unos días, cuando desde los medios no paraba de repetirse que nuestra sociedad estaba dormida y que vivía en un conformismo consecuencia de la vagancia y la pereza. Las asambleas son generales o temáticas, y cada uno pide la palabra, habla ordenadamente e interviene en aquello en lo que cree que puede aportar algo, ya sea como profesional de algún sector o como mero ciudadano, siempre siendo consciente de las propias limitaciones. Y las asambleas también son muestra de otro milagro de estos días, una confluencia intergeneracional que resulta emocionante por conseguir salvar una brecha que normalmente separa y que, estos días, está uniendo, ya que se está consiguiendo enriquecer las ideas con las novedades de unos y la experiencia de los otros, y los jóvenes no tienen ningún prejuicio a la hora de aplaudir a rabiar a sus mayores mientras estos reconocen el trabajo y buen hacer de los primeros. Las asambleas han formado, por fin, esos espacios de debate que la política oficial no ha sabido dar y han sido capaces de encontrar puntos en común entre gente muy heterogénea. Además, como esto no puede ser un hecho aislado, ya se han convocado para la semana que viene las primeras asambleas organizadas en cada uno de los barrios de Madrid. Cada barrio tiene su plaza y su asamblea, todo se escucha y nada se infravalora por muy descabellado que parezca. Sacar lo bueno de cada idea, ese espíritu parece impregnarnos a todos estos días. ¿Por qué destruir cuando se pueden crear nuevas cosas con materiales de lo más heterogéneo, como si el espíritu de Picasso o Godard hubiera llegado a lo político y social? ¿Por qué destruir el sistema cuando se puede crear por encima uno mejor que tome las ventajas de lo ya existente y de lo nuevo?

La lista de detalles que comentar es interminable, pero estos días se está viendo que aún podemos volver a ser ingenuos sin dejarnos engañar, porque esta confianza es la única forma de avanzar al tratarse de la única forma de creer. La diferencia es confiar en el pueblo en lugar de creer a ciegas en los profesionales que han hecho del mundo su cortijo y que han acabado con la política auténtica convirtiéndola en una esclava de los intereses económicos (que no de la economía). La desconfianza ata las manos y pone mordazas, y eso estaba pasando con el desencanto provocado por las clases políticas y económicas, hasta que hemos visto que para sobrevivir es necesario creer en algo, y en nadie podemos creer mejor que en nosotros mismos, nuestra capacidad de poder cambiar las cosas juntos.

Estos días en Sol hemos comprobado lo emocionante que puede llegar a ser estar hablando tranquilamente de temas políticos con un grupo de amigos y que espontáneamente, sin saber cómo, se empiece a dialogar con el grupo de al lado o con cualquier persona que pase por allí. A veces las opiniones divergen, pero el extraño espíritu de estos días provoca que se respeten los turnos, no se levante la voz y se acabe llegando a posturas cercanas. Es una auténtica reflexión, es el diálogo político que nunca he podido ver en este país en una campaña electoral. Un diálogo del que los políticos han quedado fuera porque han sido incapaces de incorporarse. Ellos mismos se lo han negado, no han sabido integrarse. Han pecado de prepotencia, de superioridad, como esos cineastas que tratan con condescendencia al espectador y en lugar de dialogar con él sueltan sus cartas sin justificarlas porque su posición de demiurgos los coloca en un plano de superioridad moral. Creen que la mejor forma de llegar a la gente es no hacerles pensar, no "molestarlos" demasiado, y venderles posturas como se vende una moto. Claro, eso no es lo más cómodo para el pueblo, sino lo más fácil para ellos.

La emoción de vivir estos días las calles del centro de Madrid me ha evocado sensaciones de emociones colectivas que solo recordaba en una sala de cine ante ciertas películas, aquellas que consiguen ir más allá de lo bello o lo sublime para mover resortes íntimos y, aun así, tengo que decir que, cuando la realidad es auténtica, se convierte en una obra de arte insuperable que no resiste comparación.





Es posible