domingo, septiembre 12, 2010

Mi vida sin Chabrol


Me levanto tarde esta mañana, después de una Noche en blanco madrileña que se regocija en su propio exceso, pensando que debería actualizar este blog muchos meses después. Pienso que tengo algunos posts pendientes, pero que tampoco puedo volver aún a escribir regularmente, hasta que vaya zanjando otros proyectos. Pero hoy pensaba contar algo de la última película de Woody Allen, como me sugirió Francis Black, cuando abro la edición digital de los periódicos de siempre (rutina de domingo, rutina de días perezosos) y me encuentro con la inesperada noticia de la muerte de Claude Chabrol.

Unos meses después del fallecimiento de Rohmer, que era bastante mayor que Chabrol, no me esperaba que esta noticia pudiera llegar tan pronto, sobre todo porque el director francés seguía en plena efervescencia creativa y, de hecho, su última película, Bellamy, todavía no se ha estrenado en España.

Posiblemente, si me preguntaran por mis directores favoritos de los fundadores de la Nouvelle Vague, nunca nombraría a Chabrol (Godard, Rivette, Rohmer y Truffaut tienen demasiado peso), pero siempre recordaría que fue básico para mí, porque puso las bases, supuso el inicio de mi cinefilia.

Recuerdo aquella Semana Santa de 2001, finales de marzo, en que pasaba con mis padres unos días de vacaciones en Alicante. Por aquella época ya me apasionaba el cine, y además estaba en plena efervescencia de películas, consumiéndolas a un ritmo que ya me es imposible seguir. Sin embargo, en aquellos tiempos mi cinefilia se restringía a los estrenos comerciales y al cine clásico de Hollywood. Yo bebía del programa de Garci (que a pesar de todos sus defectos inició en la cinefilia a mucha gente de mi generación: en cierto modo, somos hijos de Garci) y mis intereses se centraban en gente como Hitchcock, Wilder, Ford, Hawks, Lang... Incluso, cuando raramente Garci programaba una película que se salía de ese tipo de cine, yo no la veía, por creerla rara y situada fuera de lo que eran mis gustos. Y entonces llegó aquella Semana Santa de 2001 en que queríamos ir al cine.

Yo había oído hablar de refilón de la Nouvelle Vague y de Claude Chabrol, y en la cartelera no parecía haber nada interesante que procediera del imperio de Hollywood. Entonces escuché el programa de cine de la SER que en aquellos tiempos nunca me perdía, y escuché al crítico Teófilo el Necrófilo poner por las nubes una pequeña película francesa, Gracias por el chocolate. Así que pensé dar una oportunidad a aquella película francesa que ponían en un pequeño cine ya desgraciadamente extinto, el Astoria, y acudí con mi padre mientras mi madre y mi hermana entraban a otra película.

Nunca olvidaré un acierto como ese. Recuerdo la fría pulsión remarcada en el rostro de Isabelle Huppert, recuerdo la atmósfera turbia e irónica que se mostraba en la pantalla. Vi que lo que parecía un retrato aislado de una familia burguesa de provincias cobraba un alcance mucho mayor, como un retrato implacable de la condición humana, de su fragilidad y su perversidad, de los límites a los que podía llegar lo bueno y lo malo, de la dificultad de catalogar y de la inevitabilidad de las apariencias. Recuerdo que yo ya dominaba con soltura en aquella época el cine de Hitchcock y de Lang, y que en Gracias por el chocolate descubrí un cineasta que, a diferencia que otros directores del Hollywood moderno, era capaz de dialogar con ellos, recuperar su espíritu, darles una vuelta y enriquecer la mirada de ambos cineastas, tan bien asimilada y tan bien retorcida por Chabrol. Recuerdo los primeros zooms de la película, ¡cuánto me recordaban a Hitchcock!, y cómo me enseñó a leer de otra forma la obra del genio inglés, además de darle cuerpo en el personal mundo chabroliano. Descubrí ahí que un zoom sobre un rostro o sobre un objeto puede ser mucho más que un zoom sobre un rostro o sobre un objeto. Que cada plano habla, que las formas dialogan entre sí y van mutando a lo largo de la historia del cine. Un piano, un chocolate caliente, una mujer servicial. Chabrol planteaba iconos, un poco a la manera de Hitchcock, pero el vaso de leche de Sospecha se había convertido en un chocolate caliente, porque el mundo blanco y ligero de los años cuarenta se había vuelto espeso y oscuro en la modernidad del siglo XXI. El cine había perdido su ingenuidad, su inocencia. Era hora de pensar el propio cine. Lo que yo no sabía entonces es que aquello venía de muchos años atrás.

Y así Chabrol me abrió las puertas. Y después de él, una aparición prodigiosa, decisiva, me sobrevino una fiebre por el cine que se abría más allá de las fronteras de Hollywood. Necesitaba ver más películas, y cuantos más directores iba conociendo más aparecían. Poco a poco pasé de Chabrol a la Nouvelle Vague, y de ahí a todo el cine francés, y luego al cine europeo (nórdicos, mediterráneos, germánicos, eslavos...), y después llegó Asia, Japón, y el fin de las fronteras. El cine no entiende de fronteras geográficas ni temporales. Pasé a ver compulsivamente cine de cualquier época y de cualquier lugar del mundo, y después de Chabrol mi mundo cambió sin remisión.

Vi muchas películas de Chabrol en aquella época ya lejana, a la vez que me iba abriendo a los otros cines, y poco a poco fui descubriendo su particular universo, paladeando sus grandes policiacos y sorprendiéndome al ver que también era capaz de dibujar espléndidos retratos de personajes y de dramas cotidianos. Como dicen los críticos, estoy de acuerdo en esa época prodigiosa de Chabrol de finales de los 60 y primeros 70, donde nos regaló una serie de obras absolutamente coherentes entre sí y muy perturbadoras: Accidente sin huella, La mujer infiel, El carnicero, Al anochecer... Fascinación. A Chabrol le encantaba fascinar y fascinarse. Y también estoy de acuerdo en otro de los tópicos, su irregularidad, en que hizo algunas películas alimenticias (pero sin dejar de tener nunca su toque personal), y en que, cuando su universo parecía totalmente explotado y llevado al límite, supo reinventarse en los años 90. Se suele marcar la extraordinaria La ceremonia (1995) como el punto de inflexión de esta nueva etapa, pero yo lo llevaría un año antes, a su visión de El infierno (1994) de Clouzot, en la que disecciona implacablemente el universo de los celos. Para mí, el punto culminante de esta segunda gran etapa fue Gracias por el chocolate (2000), y en los últimos años ha venido haciendo películas siempre muy interesantes y con muchas cosas nuevas que decir, lo que podría parecer imposible después de las más de 60 películas de su filmografía, ya sea desde el prisma turbio e implacable digno de sus mejores obras (La dama de honor (2004)) o a través de una mirada aparentemente más convencional, pero cargada de una ironía muy socarrona sobre los estamentos sociales y políticos del mundo occidental (Borrachera de poder (2006)).

Resulta difícil concebir la carrera de Chabrol sin pensar en sus actrices fetiche, que consiguen dar cuerpo a sus mejores películas sin robarles la personalidad: Stéphane Audran (sobre todo en su primera gran época) e Isabelle Huppert, que curiosamente sólo coincidieron con el director francés en Violette Noziere (1978). Ambas han sido el soporte para la carrera de un cineasta lleno de matices y, además, resulta especialmente interesante la manera en que Chabrol ha ido dibujando la carrera de Isabelle Huppert, ya que a partir de sus colaboraciones se puede reconstruir el caleidoscopio de visiones que la francesa ha mostrado en pantalla a lo largo de su carrera. Porque poco tienen que ver los personajes que interpreta en Violette Noziere (1978), Un asunto de mujeres (1988), Madame Bovary (1991), No va más (1997), Gracias por el chocolate (2000) o Borrachera de poder (2006). La convierte, según el caso, en víctima o verdugo, y puede pasar de ser el ángel castigador espontáneo y lleno de rabia de La ceremonia al verdugo frío, metódico e implacable de Gracias por el chocolate.

Pero, más allá de sus actrices, Chabrol ha demostrado ser capaz de realizar grandes introspecciones femeninas en los que no existe el suspense pero hay suspense. Es capaz de hacer un policiaco sin policiaco y demuestra que se puede rodar maravillosamente como si fuera cine de suspense un drama sobre una mujer abortista (Un asunto de mujeres(1988)) o una introspección sobre una mujer insatisfecha (Betty(1992)). Sin olvidar que hay ocasiones en que el drama y el crimen, la introspección y el cine negro, no se pueden disolver, y la frontera de desdibuja, como en ese díptico de películas sobre los celos que se sitúan a ambos lados de sus grandes etapas cinematográficas: celos en una relación lésbica en Las ciervas (1968) y celos heterosexuales en El infierno (1994). Resulta interesante comprobar el punto de vista femenino en ambas cintas, igual que en el resto de su carrera. ¿Por qué le interesa tanto la mujer a Claude Chabrol? Pensando en su filmografía, seguramente porque resulta mucho más perturbador comprobar las pasiones ocultas y la presencia de una inteligencia extremadamente afilada en personajes que, por fuera, físicamente, parecen más frágiles y delicados. Desenmascarar las apariencias, mostrar con ironía cómo se esconden las pasiones privadas. Porque al final, parece decir Chabrol en sus películas, todo se mueve según los deseos, las pulsiones, y las necesidades más ocultas del ser humano. Todo es pasión, aunque sea tan fría que pueda quedar camuflada. Ante todo, a Chabrol le gustaba sentirse fascinado por la omnipresente y frágil dualidad del bien y el mal.


Hace poco nos asombrábamos de que todavía quedaran vivos y en activo cuatro de los cinco fundadores de la Nouvelle Vague, parecían inmortales, y de repente nos encontramos con que Godard y Rivette son los únicos supervivientes. Los más radicales, los más experimentales. Pero la pérdida de Chabrol abre un hueco irremplazable, porque la periódica cita con él en las salas de cine se ha roto. Como el de Woody Allen, su territorio también era conocido, pero seguía siendo capaz de sorprendernos con alguna de sus variaciones de sus temas centrales, siendo capaz de trasladar una mirada socarrona o una mirada turbia, y combinando en muchas ocasiones ambas formas de ver el mundo.

Mi vida sin Chabrol habría sido totalmente distinta. Seguramente, de no haber sido él hubierasido otro cineasta, y antes o después habrían aparecido Rohmer, Truffaut o cualquier otro, pero nunca podré olvidar que fue Chabrol, fue Chabrol quien abrió mi mente y me descubrió un universo cinematográfico que, en aquellos tiempos, no podía imaginar que fuera infinitamente más rico que el que ya conocía. Gracias por todo, Claude, gracias por endulzar mi vida de esa manera. Gracias por el chocolate.


2 comentarios:

Francis Black dijo...

Vi Gracias por el Chocolate cuando la estrenaron , me gusto pero veo que para ti fue una película fundamental, es curioso el efecto que pueden hacer ciertas obras en momentos determinados y las consecuencias posteriores. A las personas que te abren puertas se les tiene un cariño especial , quizá ellos no son los que más te gustan pero la deuda es mayor.

El otro día abbascontadas hizo un comentario sobre una peli del director, una de las ultimas.

Daniel Quinn dijo...

Justo lo que dices, Francis, y por eso no puedo quitarme un cierto cariño que siento por Chabrol y que quizás me impide valorar sus películas demasiado objetivamente. No he vuelto a ver Gracias por el chocolate desde entonces, y prefiero quedarme con el recuerdo, aunque creo que si la volviera a ver me seguiría gustando.

Vi el comentario de Abbas sobre Una chica cortada en dos y estoy totalmente de acuerdo con lo que decía. Es el último Chabrol que he visto, porque aún estoy a la espera de que estrenen Bellamy. Probablemente con esta noticia se estrene de una vez.

Por cierto, he visto ahora la noticia en el telediario de La 1 y han hecho una buena metedura de pata. Han hablado de La mujer infiel como una película sobre los abortos clandestinos en la Francia ocupada por los nazis, confundiéndola con Un asunto de mujeres...

Un saludo!