Seymour Moskowitz adora a Humphrey Bogart.
Minnie Moore adora a Humphrey Bogart.
El cine clásico es su evasión, su
modo de huir de la rutina, su respiro cotidiano. Ambos lo necesitan para soñar,
para aliviar la soledad, para saber que existe algo mejor que lo que ellos
viven, para tener un objeto de identificación y un objeto de deseo. Pero
también tiene su cara oscura.
Porque el cine clásico los colocó
en el disparadero, estimuló su imaginación, sus ambiciones. Jugó con sus
expectativas vitales, y pocas cosas hay más peligrosas que jugar con las
expectativas.
Él se vio sumergido en la
impotencia masculina de no ser como los héroes, de no ser Humphrey Bogart, de
no poder silbar para invocar a la chica
de sus sueños, de salvar de una agresión a esa chica de sus sueños y que esta
no cayera rendida a sus pies. Nunca podrá ser Humphrey Bogart, y de ahí procede
su frustración, su rabia, su agresividad. El cine clásico como frustrada
identificación.
Ella vivió el cuento de hadas
machista que le prometió el cine clásico, buscando a su Humphrey Bogart, a su
Charles Boyer, buceando en la frustración de una neurosis histérica, dándose
cuenta de que el edulcorado y bonito machismo del cine clásico nada tenía que
ver con el agresivo machismo de la vida cotidiana. No existe un Charles Boyer,
no existe un Humphrey Bogart. El cine clásico como frustrado objeto de deseo.
Seymour sale de ver El halcón
maltés y sueña ser Humphrey Bogart. Entra en el bar y se encuentra con un
conversador agresivo, una realidad sucia. El cine clásico se hace añicos en la
calle.
Minnie sale de ver Casablanca y,
después de la conversación con su amiga, la espera en casa su amante casado,
que le tiene reservada una paliza. El machismo cruza la pantalla, el príncipe
azul se torna oscuro. El cine clásico, una vez más, se hace añicos, muestra su
cara oculta, revela su trampa, pero esta vez en la intimidad de una casa.
El cine clásico como motor de
frustración tanto del objeto de identificación como del objeto de deseo. El cine
clásico como tapadera de estrellas, escondiendo defectos, resaltando virtudes.
Lo difícil es fácil, la vida se sueña ligera.
Seymour y Minnie van por fin al
cine juntos. Se escucha la voz de Humphrey Bogart mientras él compara a Minnie
con Lauren Bacall. ¿Es posible encontrar la felicidad? Si lo fuera, nos dice
Cassavetes en este personal cuento de hadas, la única vía es rebajar las
expectativas, vivir en otro como en nosotros mismos. Ser indulgentes con
nuestro Yo y con el Otro. Aprender a escuchar y a escucharnos. Por eso
Cassavetes centra los contraplanos en quien escucha mucho más que en quien
habla. Minnie busca ser amada cuando debería preocuparse en amar. Seymour busca
ser un héroe cuando debería convertir en heroína a quien tiene enfrente.
Seymour, al final, necesita
engañarse para sobrevivir, engañarse igual que nos engaña el cine clásico, y
soñar con que es Humphrey Bogart y ha logrado conquistar a su Lauren Bacall. La
mujer como trofeo. Desgraciadamente, ella, cómplice, sonríe. ¿Instinto de
supervivencia o problema cultural? ¿Posibilismo, inteligencia emocional, o
traición a unos principios? ¿Son nuestras vidas los reversos oscuros de un cine
imposible, el cine del Hollywood clásico?
¿No es la única forma de amar el
cine clásico aprender a odiarlo?