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sábado, octubre 13, 2007

La corrupción de El dinero, por Robert Bresson


Resulta complicado escribir algo sobre una película de Robert Bresson, porque para no traicionar su legado deberíamos ser absolutamente precisos, rigurosos, y alejarnos de todo ornamento. La evolución de su estilo con los años, además de la consabida depuración de formas, arrastró un giro ideológico en el que lo religioso vino a desembocar en un nihilismo tan turbador que llega a resultar peligroso, convirtiéndolo en uno de los directores más radicales de la historia del cine.

Ya en su penúltima película, El diablo probablemente, mostraba un absoluto desapego y desprecio por las cosas de este mundo. Estoicismo y sufrimiento ya no llevan a la redención, y ni siquiera el suicidio puede liberarnos de la presión de la sociedad, como sucedía en Mouchette, donde el sufrimiento procedía de individuos concretos. Éste, por el contrario, tiene en las dos últimas obras de Bresson un claro componente existencial, inherente a la propia vida. De esta filosofía proviene la negación de la retórica, el gusto por lo concreto a través de lo elíptico (aunque parezca una contradicción: la paradoja es el mismo Bresson), la no-interpretación de los actores..., todas ellas características heredadas de la etapa "religiosa" del director francés, que son llevadas al extremo en la parte final de su filmografía.


Toda la primera parte de El dinero se desarrolla a un ritmo vertiginoso, siguiendo la pauta clásica de la relación causa-efecto, e incluso utilizando alguna artimaña narrativa ya vista en el cine más comercial. Más concretamente, me refiero a la manera de presentar a los personajes y su relación con la cámara, desarrollada a través de un billete falso que pasa de mano en mano, al modo de Anthony Mann en su Winchester 73. Este billete, metáfora del poder diabólico del capital, irá contagiando de maldad a sus poseedores, como una plaga que les hiciera renegar de sí mismos y olvidar sus principios, si alguna vez los tuvieron. De todos modos, parece decirnos Bresson, ¿de qué sirve tener principios en un mundo donde todo es corrupción?

Estas ideas, junto con la atmósfera malsana, la sequedad en los comportamientos y un tratamiento del color acorde con cada sentimiento desprendido, acercan la última película de Bresson a la obra del alemán Fassbinder, quien, no por casualidad, siempre colocaba El diablo probablemente en su lista de favoritas.

Es la segunda mitad de El dinero la que resulta más bressoniana. No sólo por las brutales elipsis que eliminan los momentos clave de la acción (en una forma de narrar de la que han aprendido enormemente directores contemporáneos fundamentales, como Claire Denis o Hou Hsiao Hsien), sino también por la supresión del análisis psicológico, la eliminación de causas que motivan un determinado comportamiento. De este modo, lo que al principio de la película parecía una moderación del estilo de Bresson, una adecuación a las formas ordinarias, se convierte en una revolución que nos dice que toda causa es accidental, y que su existencia no va más allá de una superficie que no esconde ninguna verdad.


Bresson adapta en El dinero el relato de Tolstoi El billete falso, después de haber tenido las experiencias de otro religioso como George Bernanos (Diario de un cura rural, Mouchette) y un nihilista como Dostoievski (Cuatro noches de un soñador). Pero Bresson moldea y lleva a su terreno los personajes originales, que terminan pareciendo más hijos de Dostoievski que de Tolstoi, y a quienes convierte en los muertos vivientes que para él pueblan nuestro mundo. No apta para depresivos, la última película de Robert Bresson sirvió como testamento ideal para un irreductible del cine que no vivió lo suficiento para ver cuánta importancia y trascendencia alcanzó su legado.