lunes, septiembre 29, 2008

Finales de septiembre, principios de octubre: ciclos de cine y Nobel de literatura.

Se acerca el final de septiembre y se abre otro mes que se presenta muy atractivo para las pantallas madrileñas, repletas de ciclos de lo más jugoso. Personalmente me voy a quedar con dos, el de Manoel de Oliveira en el Doré, la Filmoteca española, y el de Angelopoulos en el Círculo de Bellas Artes. Además, intentaré ver de una vez la peli de Woody Allen (que la disparidad de las críticas puede convetir en su película maldita) después de haberme quedado sin entradas la semana pasada, y alguna otra cuando se estrene (Hnos. Coen, por ejemplo). Y tendré que prescindir de otras cosas muy interesantes que habrá en el Reina Sofía (ciclo Jack Smith) o en La casa encendida, que se despide este martes de su ciclo sobre el proceso creativo. Intentaré ver esta última sesión, después de que el miércoles pasado me quedara también sin entradas... ¡¡A veces lo ponen difícil!!

Pero lo que no me perderé será la película de campiña de Assayas que pone el Instituto francés: este miércoles, Los destinos sentimentales, con las inefables Emmanuelle Beart e Isabelle Huppert. De todas formas, para organizarme con tanto ajetreo, he optado por hacerme un calendario ;)


Y además de esto, se abre el mes de octubre con las divertidas apuestas de cada año sobre el Nobel de Literatura. Según Ladbrokes, de momento Claudio Magris va en cabeza; si ganara, ¿no sería una parte de él para reconocer al malogrado Sebald, con quien tanto tiene en común? Los demás son los habituales: Adonis, Oz, Carol Oates, Roth, DeLillo y..., un año más de manera sorprendente, Haruki Murakami. Algún día habrá que escribir sobre Murakami, que tiene materia para debatir, pero el libro de relatos que se publicó hace poco me parece magnífico, y reincidiré con After dark, que se publicará en breve. En fin, dejo la lista de los primeros favoritos, que iré actualizando según cambie :)


Claudio Magris 3/1
Adonis 4/1
Amos Oz 5/1
Joyce Carol Oates 7/1
Philip Roth 7/1
Don DeLillo 10/1
Haruki Murakami 10/1
Les Murray 10/1
Yves Bonnefoy 10/1
Arnošt Lustig 14/1
Inger Christensen 14/1
Jean Marie Gustav Le Clezio 14/1
A.B Yehousha 20/1
Mario Vargas Llosa 20/1
Thomas Pynchon 20/1
Thomas Transtromer 20/1
Antoni Tabucchi 25/1
Assia Djebar 25/1
Cees Nooteboom 33/1
Ko Un 33/1
Margaret Atwood 33/1
Alice Munro 40/1
Bei Dao 40/1
Carlos Fuentes 40/1
Gitta Sereny 40/1
Milan Kundera 40/1
Peter Carey 40/1
Chinua Achebe 50/1
Cormac McCarhty 50/1

jueves, septiembre 18, 2008

Wavelength, de Michael Snow: pensar en frecuencia

"Wavelength" comienza con la cámara fija en un punto indeterminado de una habitación y un rumor de coches procedente de la calle. A lo largo de los 45 minutos de duración, el espectador asiste a un lento zoom que revelará el contenido de las fotografías colgadas en la pared de enfrente; al tiempo, la banda sonora está compuesta básicamente por un tono sinusoidal cuya frecuencia va aumentando lentamente (haciéndose en ocasiones difícil de soportar, haciendo crujir los oídos de los espectadores con cada trago de saliva, como si despegáramos en un avión mal presurizado). Mientras tanto pasará el día y la noche, y sólo existirán tres interrupciones a modo de apariciones humanas: dos mujeres se acercan a las ventanas, las cierran, y permanecen un tiempo mirando a través de ellas; posteriormente, un hombre de desploma en el suelo tras sonar unos disparos; por último, una mujer se acerca al teléfono junto a la ventana y entabla una conversación que el constante pitido constante impide descifrar. Estas interrupciones pretenden resaltar el carácter de representación del propio cine, a la vez que muestran conceptos vitales fundamentales como son la observación, la comunicación y la muerte. ¿No podemos reducir de una forma u otra todas nuestras opciones vitales a estas tres actividades? Con esto la vida sigue, perovuelve a empezar su nuevo ciclo a una determinada frecuencia, lo cual sólo supone un cambio de punto de vista, lo que puede evocar directamente a unas ciertas ideas religiosas.



Viendo esto parece evidente que no es posible un título mejor ni más elocuente para esta película experimental de Michael Snow, que en castellano se puede traducir como "longitud de onda". Sin embargo, hay más. Todo el film de Snow es una especie de ensayo sobre la manera de entender la realidad y, como contraposición al clásico espacio-tiempo, nos dice que todo se puede tratar en términos de frecuencia (como sabemos, la inversa de la longitud de onda). La articulación de la realidad en torno a la frecuencia se realiza en los diferentes planos formales de la película.

El primer y más evidente barrido es el sonoro, ya que el tono que se escucha (el sonido más básico y puro, una simple onda seno) va aumentando paulatinamente su frecuencia pasando así de un sonido muy grave o otro muy agudo o, lo que es lo mismo, dismunuyendo en la misma medida su longitud de onda.

En el plano visual, observamos la aparición de filtros de colores que nos hacen cambiar la percepción de la escena. Cada color se corresponde a una determinada frecuencia, con lo cual Snow va recorriendo la zona del visible del espectro electromagnético variando la longitud de onda de la luz que llega a nuestras retinas.

En cuanto al espacio, como ya se ha comentado, la película comienza en una imagen inicial de una habitación que consideramos real. Cuando el zoom llega al final, a la fotografía situada en la columna central, esta pasa a ocupar toda la pantalla. Si prescindimos de los 45 minutos anteriores esta imagen pasaría a ser nuestra realidad, que sólo viene modificada por el tiempo pasado o, si seguimos en términos matemáticos, por unas determinadas condiciones iniciales. En ese momento el espectador se pregunta por la auténtica naturaleza de la imagen inicial, y en esa imagen de la imagen de la imagen existe también una resonancia cíclica, articulada a una determinada frecuencia. Para redondear la jugada, en ese momento de clímax en que el sonido cesa y la fotografía de la pared copa la pantalla, nos damos cuenta de que ésta representa la imagen de un mar surcado por una ola, otra onda de naturaleza sinusoidal. La calma llega a la imagen y al sonido, nos comunica un estado mágico y descubre que se ha llegado al final del ciclo. Adicionalmente, momentos antes de llegar al fondo del zoom, se puede apreciar en la pared, sobre la fotografía a la que se acerca la imagen inexorablemente, un dibujo de dos chicas, o dos bailarinas, aparentemente iguales pero de distinto tamaño. Otra réplica que nos recuerda que la película trata sobre la naturaleza cíclica de la vida.

Porque la vida, parece decirnos Snow, es un ciclo infinito, una onda sinusoidal, y nuestra misión es modularla a una determinada frecuencia para darle el sentido, la forma y la perspectiva desde la que queramos enfocar nuestra manera de ver, escuchar y comunicarnos con el mundo.

domingo, septiembre 07, 2008

Alto, bajo y frágil. Rivette se divierte de nuevo


Después de ver Alto, bajo y frágil, la película que Jacques Rivette firmó en 1995, me atrevería a decir que ningún director combina el rigor estético y la libertad de formas, temas y argumentos con tanta precisión como él.

Alto, bajo y frágil es una comedia, un drama, un musical, una película de aventuras y de misterio, un policiaco que incluso se permite coquetear con el fantástico en una de las subtramas. Cien por cien Rivette. Igual que Celine y Julie van en barco o La banda de las cuatro, estamos ante una película de mujeres, que trata la amistad femenina con la fuerza que Hawks empleaba con la masculina y que dibuja a los hombres como unos seres bien tímidos e indecisos, o bien engreídos y ansiosos de controlar las situaciones, resultando al final todo lo contrario: serán las mujeres las que decidan y les ganen la partida. En mitad de esta guerra de sexos contemporánea, Rivette muestra algunas de las preocupaciones individuales más palpitantes de la vida urbana, en un retrato esculpido de soledad, desengaño y búsqueda de la identidad. También por estas intenciones se hace necesario situar la trama desde el principio en el espacio y en el tiempo: sabemos que todo comienza en París, a mediados del julio de 1994. Ahí se mueven las vidas de tres mujeres que el azar hará que se crucen o sólo se vislumbren, que engarcen sus problemas como amigas de toda la vida o que tengan que resignarse a lidiar con la soledad. Son tres vidas que huyen, como muestra sensacionalmente el último plano de la película. Y también la ciudad de París tiene vida propia en el film. No es la simple ciudad de cuatro lugares míticos que muestran las películas hollywoodienses; Rivette huye de los caminos trillados y define París a través de sus amplios ventanales sin cortinas ni persianas que sirven para que los vecinos anónimos entablen comunicación, y también a través del empedrado, las casetas de crepes en los Jardines de Luxemburgo, las heladerías en calles rebosantes de tráfico, las brasseries en las esquinas, las sorpresas en los rincones, las rivettianas motocicletas y patines rebosantes de libertad, y esos tejados y chimeneas que tan bien muestran el espíritu de la ciudad.



Dijo hace años el propio Rivette:
"Todos los filmes tratan del teatro: no existe otro tema ( ... ). Porque es el tema de la verdad y la mentira, y no hay otro en el cine, que es forzosamente una interrogación sobre la verdad, con medios que son forzosamente mentirosos. Y tomarlo como tema total de una película es un acto de franqueza."

De esta idea viene la obsesión del director por el teatro y, consecuentemente, con la apariencia, la verdad/mentira y la realidad/ficción. También hay mucho de esto en la película, especialmente por unos personajes que no quieren parecer quienes realmente creen que son. Porque hasta el más virtuoso puede robar un fajo de billetes del trabajo o disparar una pistola cuando parece no haber alternativa. La simulación aparece en forma de broma en un gran guiñol montado como si fuera una terapia de choque. La apariencia, el teatro, siempre será la sombra del cine.


También es parte fundamental de la película la relación entre los cuerpos y el espacio, preocupación omnipresente de Jacques Rivette, que ya llevó a sus límites en el autoensayo sobre el tema que supuso La bella mentirosa. Si en aquella la pintura funcionaba como perfecta excusa, aportando además la gravedad necesaria, aquí el musical de raigambre clásica sirve para apoyar la misma idea de una forma totalmente distinta, en clave lúdica y luminosa.


A todo esto, hay que añadir que, como en otras de sus películas, existe una mansión urbana que parece fuera del espacio y del tiempo, y que esconde secretos y misterios que enriquecen el McGuffin dándole una consistencia que traspasa los diferentes géneros, acabando con ellos de una u otra forma.


Por último, hay que reseñar que Rivette es honesto, y no por casualidad da una importancia especial al color rojo, y uno de los papeles secundarios a una Anna Karina que borda una interpretación a su medida. La actriz ya protagonizó en 1961 Une femme est une femme, la colorista película de Jean Luc Godard que abrió el musical a una nueva dimensión, mostrando a Rivette que con una chica y una pistola se puede traspasar cualquier frontera, situando el musical como bisagra perfecta entre géneros de cualquier tipo.


En el siguiente fragmento se puede apreciar la frescura de los movimientos, los diálogos, el continuo aire de improvisación, el mencionado juego con los espacios gracias a una cámara que fluye como una más de la coreografía. La libertad, eso es... Lástima que la calidad sea algo deficiente...



Y hay planos que hasta me recuerdan a Hou Hsiao Hsien o a jovenzuelos como Apichatpong Weerasethakul.

domingo, agosto 17, 2008

Batman, ¿caballero oscuro o caballero oxidado?

Decía Chejov en su famosa teoría que si aparece una pistola en el primer acto de una obra, ésta debía ser disparada en el tercero. En El caballero oscuro se repite esta fórmula hasta la saciedad, incluso de una manera grotescamente obvia en el clímax final de la película. Igualmente obvia es la estructura sobre la que se construye la película, con su espectacular atraco inicial al banco homenajeando un clásico del cine negro como Atraco perfecto, con su anticlímax escoltado por ruidosas persecuciones, y con una traca final cargada de tics melodramáticos y rocambolescas acciones. En la línea de los últimos blockbusters de Hollywood, todo en esta entrega de Batman funciona por acumulación, desde los omnipresentes efectos especiales hasta el montaje frenético que intenta impedir que el espectador interiorice las debilidades del film.


Exhibicionismo seguramente sea la palabra que mejor define el film, que parece que sólo busca impresionar al espectador en cada momento, desde el plano formal (por abrumación, no por composición, cadencia o calidad) hasta el contenido demagógico y moralista de determinadas situaciones. No es puro azar buscar los efectos dramáticos en los familiares de los protagonistas, en el gran amor o en los inocentes hijos de los buenos; porque al final todo se reduce a eso, buenos y malos, corrupción y honestidad, y un maniqueísmo absolutamente primario, que desemboca en una moraleja subrayada una y otra vez.

Así que los efectos especiales recubren un clasicismo absolutamente rancio, que tiene en los clichés su peor argumento y en la falta de matices y profundidad psicológica la carencia que no se echaba de menos en muchas películas puramente clásicas. Y todo esto, en una película que pretende ser moderna y alardea de ello, es imperdonable.
Pero el exhibicionismo de Nolan no se restringe únicamente a los efectos especiales, porque también las inanes secuencias de transición rellenan su vacío con innecesarios alardes en forma de travellings circulares o nerviosos movimientos de cámara que escandalizarían a auténticos virtuosos como Max Ophüls.

Resulta ciertamente triste que un director tan prometedor como Christopher Nolan, con un bagaje de excelentes películas como Memento o Insomnio, haya sido fagocitado de tal manera por la industria estadounidense. Tan sólo queda en El caballero oscuro algún resquicio de su sello personal en el realismo y la oscuridad con que se aborda la película, en un continuismo evidente con su predecesora Batman begins.

En definitiva, una decepción motivada también por las excelentes críticas que había oído y leído de la película, que en muchos medios, sorprendentemente, se calificaba alegremente como obra maestra.

viernes, julio 25, 2008

A 40 grados de los 40


En este mes de baja actividad, la lista anual de Miradas de cine de mejores películas de una de las décadas de la historia de cine puede ser una buena excusa para volver a las andadas. Como siempre, 15 películas favoritas y 5 sobrevaloradas, aunque creo que elegiré sólo las favoritas.

Este verano es el turno de los años 40, una década que normalmente asociamos con la época dorada del Hollywood nutrido de inmigrantes europeos, cine negro-comedia-melodrama, como queda patente en mi lista, pero que presenta algunas aportaciones fundamentales en otros lugares del mundo. Seguramente, aparte de la consolidación del llamado cine clásico en Hollywood, la aportación más importante para la evolución del séptimo arte fue el nacimiento del neorrealismo italiano, de la mano del fundamental Rossellini (ya sabemos, no se puede vivir sin Rossellini), que abre el séptimo arte a la modernidad a partir de Ingrid Bergman y Stromboli, pero sin olvidar a De Sica o Visconti. Tampoco podemos olvidar la consolidación de Ozu y Mizoguchi en Japón, el buen momento del cine británico aun con Hitchcock exiliado (Reed, Lean, Powell/Pressburger...), la consagración (que no éxito) de Dreyer en Dinamarca, los últimos coletazos de Eisenstein en Rusia, la enorme figura de Welles en Estados Unidos (aunque me resisto a incluirlo en la lista) que suele ocultar a imprescindibles undergrounds como Maya Deren, la culminación del cinema de qualité en Francia con Los niños del paraíso de Carné o el exilio de Renoir, que nos privó de las películas de sus mejores épocas.

¿Y en España? Bueno, aquí teníamos a Neville, que no está nada mal para esas épocas de oscuridad. Seguro que más de uno ha ido en Madrid a la plaza de la Paja buscando la torre de los siete jorobados...

Me ha resultado tremendamente difícil hacer esta lista, que quizás peque de una cierta ingenuidad nostálgico-adolescente, pero éstas son las películas que nos hicieron empezar a amar el cine.


La comedia que explica todas las comedias no es estrictamente una comedia. Es más bien la tragedia personal del propio Sturges, la terapia que sólo falló consigo mismo porque, probablemente, no terminaba de creer en ella, como suele pasarle a los genios. Fábula universal sobre la conciencia, Los viajes de Sullivan es mucho más que Veronica Lake.

Otra obra tremendamente personal del más brillante de los directores estadounidenses. Formidable díptico marxista que forma junto con Las uvas de la ira, preferida por algunos por ser más dura y menos melodramática. Yo me quedo con este canto elegíaco a los trabajadores de las minas irlandesas, a esas imágenes que Ford llena de un lirismo sobrecogedor, a esos encuadres capaces de expresar mucho más que cualquier engolado discurso. Apuesto algo a que a Malick le encanta esta película.

Brillante de principio a fin, para mí siempre fue la comedia perfecta, por su geométrico guión y la sutil y fascinante puesta en escena de Lubitsch. Hay quien dice que la gran comedia se construye sobre grandes dramas, y aquí tenemos un ejemplo inmejorable. Porque nos habla, como los grandes clásicos literarios, del gran teatro del mundo que es la vida, de la gran farsa que supone el amor, de la necesidad de desdramatizar para sobrevivir.

Dice Woody Allen que Perdición es la película más perfecta jamás realizada (que no significa que la mejor), y no le falta razón. Raymond Chandler y Billy Wilder hacen saltar chispas con algunos de los mejores diálogos nunca escritos, y el director austríaco orquesta una puesta en escena oscura, que huele a madreselva de madrugada. Todos dan lo mejor de sí mismos en esta obra seca y concisa como la mejor novela negra, amarga y desconfiada con el género humano como las mejores obras de Wilder, con el punto de ironía que siempre colocó a Chandler por encima de Hammet en mis preferencias.
  • Laura (O. Preminger, 1944, EEUU)

Nunca olvidaré la luz de esta película. Con razón Joseph LaSelle (director de fotografía, entre muchos otros clásicos, de El apartamento) fue uno de los más grandes, y Preminger aprovechó su extraordinario trabajo para imbuir el film de una maravillosa atmósfera de magnético romanticismo. Nunca la necrofilia fue tan limpia, ni el brillo de unos ojos tan triste como el de la mirada de Gene Tierny.

La película menos acomplejada de Frank Capra. No tan personal como la magnífica ¡Qué bello es vivir! pero mucho más libre y espontánea dentro del encorsetado escenario. Arsénico por compasión o cómo una película tan teatral puede ser tan cinematográfica, cómo una interpretación tan histriónica puede ser tan apropiada, o cómo todos los defectos se vuelven virtudes cuando se respira la anárquica libertad que Capra sólo había experimentado en ¡Vive como quieras!

Lang demuestra que el cine negro es una pesadilla después de haberlo pensado en La mujer del cuadro. Con un ritmo y una atmósfera que van creciendo en sordidez, heredando la mejor tradición de Kafka y Dostoievski, y mostrando las debilidades humanas con un moralismo tan retorcido que acaba consigo mismo. Lang es un maestro absoluto ruede en Alemania o Estados Unidos, y hace cruzar a Criss Cross hacia el lado más oscuro del alma.

La joya romántica de David Lean no tiene grandes escenarios ni espectaculares panorámicas. Antes de dedicarse a las superproducciones dirigió esta película rebosante de intimismo y pasiones reprimidas, sin concesión alguna y con una precisión que la sitúa, con permiso de Max Ophüls, como uno de los más grandes melodramas románticos de la historia del cine. Áspera y evocadora, no se puedo sugerir más con menos.

Seguramente no sea la más influyente ni la más redonda película de Eisenstein, pero sí la más ambiciosa. Pocas veces se ha hecho un retrato tan complejo y punzante del poder y sus consecuencias, metáforas políticas aparte. Además, el director ruso se permite experimentar con el color, con los planos y con las interpretaciones, pretendidamente exageradas. No me suelen gustar las películas excesivas, pero siempre hay excepciones y, en este caso, el mosaico final resulta impresionante.

Otra maravilla romántica susurrada entre el melodrama y el género fantástico. Con Rex Harrison y Gene Tierny dando los mejor, Mankiewicz demuestra que no sólo era capaz de escribir brillantes diálogos sobre deslumbrantes (y quizás hoy día algo anticuadas) estructuras narrativas. No me extraña que sea la película favorita de Javier Marías; existe un tipo de magia en ella imposible de comprender. Probablemente el secreto sea que su director, por una vez, no trataba de sorprender al espectador y rodó por una vez lo que él realmente sentía.

Siguiendo con el romanticismo, el cineasta más elegante adapta al escritor más elegante. Zweig y Ophüls es una combinación ganadora, y el barroquismo visual del director muestra al espectador lo abrumadora que puede llegar a ser una emoción contenida, el dolor que no podemos intuir debajo de las sábanas de nuestros vecinos, y importancia de las acciones que creíamos totalmente nimias de nuestro pasado. ¿Quién no desea visitar Viena después de ver esta película?

El cine se hace adulto con Rossellini y el neorrealismo. Antes de decidir dar los pasos más arriesgados de su carrera con su etapa Ingrid Bergman, Rossellini termina su trilogía de la Segunda Guerra Mundial con esta epopeya de un niño vista con una densidad antropológica y un poso formal impecables. Podría estar en esta lista cualquiera de las dos anteriores, Roma ciudad abierta o Paisá, pero me quedo con esta culminación del estilo de las dos primeras entregas.
  • Jennie (W. Dieterle, 1948, EEUU)

La película favorita de Luis Buñuel es como un pastel de fresa relleno de ácido. Mezcla, una vez más, de melodrama romántico y género fantástico, Jennie es la película más memorable de su director. Porque el tiempo es una espiral y la vida una ilusión, porque los sueños reales son los sueños inventados, y porque de fascinación se alimenta el ser humano. La fascinación entra por las vísceras y siempre es la que mueve el mundo, por mucho que se intente racionalizar.

Otra alianza de lujo, en este caso entre Carol Reed, Orson Welles y Graham Greene, sin olvidar a Anton Karas, Robert Krasker, Joseph Cotten, Alida Valli... Resulta maravilloso no saber quién tuvo la culpa de cada hallazgo de la película. La atmósfera de El tercer hombre ha pasado a la historia, con su empedrado, sus sombras, y la luz que se cuela por las rendijas del asesinato.

Quizás, la primera gran obra de madurez de Ozu, que encadenaría, a partir de aquí, una obra maestra tras otra, con su estilo ya plenamente consolidado. ¿Cómo rodar lo místico sin hacer alusión alguna? Sólo Ozu lo sabía, e impregnaba cada plano fijo aparentemente cotidiano de un poco metafísico imposible de desentrañar. Alcanzar el Nirvana a través de la sencillez, mediante las miradas y los gestos, mediante los planos fijos que no subrayan, pero obligan al espectador a intervenir en cada plano. Redonda de principio a fin, Primavera tardía contiene toda la esencia y todos los temas del mejor Ozu.


Ahora es el momento de que critiquéis mi lista y pongáis por aquí la vuestra :)

martes, julio 01, 2008

Vértigo en Shangri-La

Lo primero que tengo que hacer es recomendar la carpeta que está haciendo Shangri-La sobre la obra maestra de Hitchcock para celebrar sus 50 años, y dar las gracias a los editores y colaboradores. Y por último, pego el primer párrafo de mi artículo y enlazo con la revista. Desde ahí, lo que hay que hacer es ir navegando por los artículos anteriores :)




A veces es difícil calibrar el grado de influencia de una determinada película en la cinematografía o las artes venideras. Normalmente, el alcance de una obra se diluye en la filmografía de un director, o sus logros son tan asimilados que casi terminan por desaparecer. Sin embargo, el caso de Vértigo (Vertigo, 1958), como el de unas pocas películas más, resulta paradigmático. Como ejemplo, más allá de otras elucubraciones subjetivas, no hay más que echar un vistazo a las habituales listas de mejores películas de la historia con que se nos bombardea (o contamina) con demasiada frecuencia, elaboradas por diversas publicaciones y basadas en las opiniones de críticos y directores.

Continuar en Shangri-La