
Quizás con menos rigor que en las conocidas Suzaku y Shara (hay una muy discutible "explicación" de la película por parte de un monje budista), El bosque del luto supone una continuación de un concienzudo análisis sobre la pérdida familiar y su consiguiente desintegración. Sin embargo, este último film es la película más libre y desatada de su directora, a quien no importa subrayar algunos conceptos y hacer alguna concesión formal para mostrarnos la única salvación ante la desgracia: la belleza. Y no hablamos sólo de una belleza compositiva, del extremo cuidado con que se traza (Kawase parece no rodar, sino trazar como un pintor) cada plano, con que se alimentan los sonidos, las texturas y las impresiones reticulares; el film nos sorprende con una belleza buscada en la comunión de espíritus contrapuestos, al modo de la filosofía budista, que, sin embargo, se retroalimentan para sobrevivir a costa del reflejo que supone el uno del otro. Kawase ha compuesto su película más física, porque sabe que es el vehículo idóneo de expresar los sentimientos, lo cual llama aún más la atención dentro de una filmografía normalmente tan aséptica y contenida como la oriental. Para eso es necesario atravesar un momento de clímax que rompe todas las ataduras, del mismo modo que el baile de Shara o el jugueteo en la azotea de Suzaku. Por supuesto, la lluvia vuelve a estar presente y juega un papel fundamental, que nos lleva otra vez a Paul Thomas Anderson y su mágica lluvia de Magnolia, también presente en otras manifestaciones de la cultura japonesa, como uno de los últimos libros de Haruki Murakami, Kafka en la orilla.
Aparte del inefable valor sensorial de la película, es destacable cómo se sugiere la reconstrucción de un pasado a partir de un par de detalles que se antojan decisivos para la actual situación anímica de los dos protagonistas, los cuales viven prisioneros de ese pasado: una mediante la omisión y otro mediante la reiteración. Y de esta necesidad por conocer los precedentes emerge el optimismo empañado de tristeza que siempre deja traslucir el cine de Naomi Kawase. Puede que las tragedias nunca resultan deseables, pero no se puede negar que configuran nuestra propia identidad y consruyen inevitablemente nuestra interacción con el presente. Por ese motivo parecen inevitables la asimilación y la búsqueda de intimidad. Y si es posible, claro, la búsqueda de una intimidad compartida.
Resulta complejo analizar friamente una película tan emocionalmente cautivadora, y Kawase sabe que la única forma de compartir la profundidad de sus sentimientos pasa por la desnudez y el despojamiento, por la sinceridad de una viva cámara al hombro, (herencia de su vocación documentalista) que no por casualidad se mueve en absoluta libertad en busca de una verdad que no tiene porqué restringirse a vivir fuera de los límites de la ficción.
Sin duda, El bosque del luto es uno de los estrenos del año, una de las películas más bellas y conmovedoras que se hayan podido ver en el cine en mucho tiempo.

